Para este año nuevo, te deseo que el mundo sea un lugar mejor para todas las personas.

Que nadie pase hambre, que todos los niños y las niñas tengan acceso a la educación, que la salud sea un derecho para todas las personas.

Que los viajes sean solo por trabajo o por placer, que nadie tenga que abandonar su casa huyendo de la pobreza, la violencia o la persecución. Que el Mediterráneo nunca vuelva a ser la tumba de nadie.

Que quienes más tienen -países con sus gobiernos, empresas o personas- se comprometan decididamente con los derechos humanos, la justicia y la equidad universales.

Que los esfuerzos de cualquier persona, en cualquier parte del mundo, para contribuir a su propio desarrollo y el de su comunidad, encuentren todo el apoyo y medios para realizarse.

Que ningún hombre vuelva a matar, maltratar, humillar o discriminar a ninguna mujer y a ninguna niña.

Que nadie levante la mano contra nadie, ni desprecie a otra persona por lo que piensa, por lo que siente, por lo que es, ni por ningún otro motivo.

Que las armas callen. Que hablen las palabras, las miradas cómplices, los abrazos y los besos. ¡No,… mejor, que griten!

Que nos reconciliemos con la naturaleza y encontremos el equilibrio que nos permita utilizarla por el progreso y el bienestar de todas las personas de una forma sostenible.

Que los volcanes nos sigan recordando que, hace mucho tiempo, nuestro mundo no era más que una enorme bola de material incandescente y que vivimos sobre una delgada cáscara que se enfrió y permite sustentar la naturaleza, el agua, los seres vivos; todas las culturas, pueblos y civilizaciones; cada una de las personas que la hemos habitado, la habitamos y la habitarán; sus temores, sus preguntas, sus gozos; todos sus sentimientos y, también, sus deseos.
Pero que la próxima vez, los volcanes escupan para otro lado.

Que se vaya el bicho y que vuelva la dicha.

Todo eso te deseo, porque seguramente sería lo mejor para todas las personas. También, para ti y para mí.