La semana pasada recibimos con tristeza la noticia de la muerte de nuestro compañero y amigo Javier Pagola, del que tuvimos la suerte de poder disfrutar en medicusmundi durante los últimos años de su vida laboral.

Javier fue desde el año 2000 a 2009 director de comunicación de medicusmundi en Navarra, donde dejó su impronta de hombre sabio y genial comunicador.

Las personas que tuvimos la suerte de compartir espacio con él echaremos de menos su manera lúcida de pensar, su humildad, su mirada de niño y su capacidad infinita para ilusionarse. Estar con él era un aprendizaje constante.

Al llevárselo, la muerte nos ha arrancado un pedazo. No dejan de martillear en nuestras cabezas las palabras del poeta inglés John Donne:

Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.

Javier se sabía parte de ese todo y por eso dedicó su vida a construir un mundo mejor. Durante los años en que estuvo con medicusmundi se convirtió en un gran referente para todas las personas que trabajamos y compartimos espacio con él.

La revista El Sur fue su criatura más apreciada en medicusmundi, su niña mimada, una publicación que se convirtió en referencia en el mundo de la cooperación durante muchos años.

Para Javier la dimensión educativa de la comunicación era fundamental y esa mirada le acompañaba en toda su actividad. Participó o lideró numerosos proyectos educativos o de sensibilización como el libro “Vivimos en Bolivia” y el material “MUNDINOVI, marionetas para despertar en valores” replicados por otras asociaciones de medicusmundi. También en proyectos de comunicación audiovisual como el documental Tejiendo el huipil de la salud, sobre el trabajo de medicusmundi Navarra en Guatemala. Su implicación en las jornadas “África imprescindible” y su pasión por este continente será algo que nunca olvidaremos. También fue maestro para muchas personas que compartimos con él años de ilusionante trabajo en el grupo de comunicación de la FAMME.

Quien escribe este artículo nunca olvidará las reuniones maratonianas que teníamos en El Escorial, como se arremangaba como el que más para trabajar por todo medicusmundi, sin apellidos, como lideraba desde el respeto, el cariño y la escucha y como me abrió las puertas de su casa y las de Pamplona cuando se dio la ocasión.

Pero su legado va mucho más allá de algo concreto. Hay personas grandes, que irradian algo especial y Javier era una de ellas. Javier era un hombre bueno, una palabra que puede sonar a tópico cuando alguien fallece, pero que lo describe a la perfección, con la misma sencillez con la que él vivió. Javier nos hizo mejores como asociación. Javier nos hizo mejores como personas. Y eso hace su huella imborrable. Ahora nos toca estar a la altura, recoger su testigo y dedicar todos nuestros esfuerzos e ilusiones a que la llama de la solidaridad nunca se apague.