Me ha costado mucho escribir esta nota; cada palabra duele, cada cifra encoge el corazón.

Llevamos casi 5 meses de pandemia. Hoy el Perú pasó a ser el país más afectado por la COVID–19 en la región de las Américas, por el impacto proporcional a la dimensión de su población (32 millones de habitantes).

Las personas contagiadas identificadas por diagnóstico clínico y por análisis de laboratorio son 429.000 casos; sin embargo, al igual que en otros países, los primeros estudios de prevalencia que se empiezan a hacer en varias regiones, muestran cifras más elevadas que pueden proyectarse a varios millones de contagiados asintomáticos. Los estudios muestran incidencias altas de 25 a 70%. Deben repetirse.

Una situación similar es el caso de las personas fallecidas. 19.612 es la cifra reconocida con los estándares internacionales; la cifra se está actualizando conforme se analizan 50.000 muertes en exceso ocurridas durante la pandemia. Se reconoce que directa o indirectamente este es el mayor costo de la pandemia. La proyección para los siguientes meses no es buena.

Los hospitales están al  límite y son rebasados con frecuencia

Los casos de personas contagiadas, hospitalizadas y fallecidas van in crescendo nuevamente desde hace tres semanas. Los casos, que no habían llegado a menguar, aumentan en las regiones de la sierra y selva donde menos capacidades tiene el sistema de salud. Coincide con el aumento de las actividades económicas; ha habido que retroceder a cuarentenas fuertes en varias regiones. La hospitalización, las Unidades de Cuidados Intensivos y el oxígeno para hospitales y domicilios no pueden crecer al mismo ritmo que los contagios. Las muertes domiciliares se están incrementando geométricamente. Los hospitales están al límite y son rebasados con frecuencia.

En medio de esta situación tan grave, hay regiones donde las peleas internas, la incompetencia, la corrupción y la mala gestión afectan tanto a las redes del primer nivel de atención (que se han convertido en la primera línea de batalla) como a los hospitales. El personal de salud, policías, soldados, bomberos y otros servidores públicos enfermos son decenas de miles; y los fallecidos se acercan al millar.

La presión del hambre empuja a la reapertura de actividades económicas

El impacto social también es devastador. De 70% de informalidad hemos pasado a 90% al menos. La presión de la necesidad y del hambre empuja a la reapertura de actividades económicas. El esfuerzo del gobierno, iglesias, sociedad civil organizada y otros ha sido y es fuerte, pero son millones los que no logran ser atendidos con alimentos o asistencia económica en las zonas más pobres. Un drama muy doloroso ha sido el de las personas retornadas a pie a las regiones caminando cientos o más de 1.000 km en algunos casos, muchos de ellos contagiados y llevando el contagio a sus familias y comunidades. Nunca sabremos cuantos murieron en el camino y fueron enterrados clandestinamente.

Enfrentamos una recesión que se proyecta a una caída del PIB del orden del 17%. Enfrentamos un año (o más) de “sobrevivencia” para todas las personas.

Al igual que en las regiones, en los niveles nacionales las peleas intestinas y la corrupción campean.

La pandemia desnuda cruelmente nuestra vulnerabilidad sanitaria, social y económica; ha puesto en evidencia lo mejor y lo peor que tenemos como país.

Hoy todo el mundo reconoce que son el Primer Nivel de Atención y la Atención Primaria los que restablecerán la salud y ganarán la batalla a la COVID; pero en la sombra, hay quienes esperan que todo pase para volver a lo anterior. Es muy duro tener que luchar con todos estos frentes: el de la COVID – 19 y lo no COVID (que también enferma y mata), el del cambio y la transformación de la salud, y la lucha contra la corrupción.

Seguimos luchando y lo haremos hasta el final conscientes que estamos solos, porque cada país tiene sus propias batallas internas contra la COVID-19, lo no COVID y sus propios demonios internos.

Fernando Carbone

Ex-coordinador de proyectos. Delegación de medicusmundi NAM en Perú



medicusmundi NAM trabaja desde los años 90 en Perú reforzando al sistema público de salud y promoviendo un modelo de atención sanitaria centrada en las necesidades de las personas, las familias y las comunidades.