La otra enfermedad infecciosa que no puede caer en el olvido.

El 25 de abril se celebra el Día Mundial de la Malaria, la enfermedad transmitida por el mosquito Anopheles que provocó más de 405.000 muertes en 2018 y que suma 228 millones de casos en el mundo, 11 millones más que en 2017.

La malaria y el COVID-19 comparten ciertas similitudes como enfermedades. Ambas son zoonosis, enfermedades infecciosas que se transmiten de animales a personas, como la gripe aviar, Zika, ébola, salmonelosis, etc. Ambas infectan de forma parecida, ya que una vez dentro del organismo utilizan los mismos receptores de entrada a las células. Pero hay algo que las diferencia: La malaria mata muchas personas, preferentemente menores de 5 años, desde hace demasiado tiempo. El parásito que provoca el paludismo fue descubierto en 1880 en Argelia, país que hasta 2019 no ha sido declarado libre de la enfermedad por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Su paso a las personas no parece claro. Según algunos estudios, se piensa que saltó de los gorilas a las personas hace unos 10.000 años, aunque otra teoría remonta este salto a entre 2 y 3 millones de años.

En 2018, la mortalidad de la malaria ascendió a 405.000 defunciones en el mundo. Comparada con años anteriores, no es la peor noticia. En 2017 las muertes estimadas fueron aún mayores, 416.000. Y en 2010 se superaba de largo del medio millón de vidas segadas: 585.000. A tenor de las cifras, la malaria sigue siendo un grave problema global, aunque se han conseguido avances durante los últimos años, como es la reducción de su tasa de incidencia de 73 casos por cada 1.000 habitantes en 2010 a 57 en 2018.

Pero este panorama puede cambiar rápidamente si no seguimos invirtiendo en la lucha contra esta enfermedad. De hecho, las cifras han empezado a aumentar respecto a estos últimos años. En 2018 hubo 228 millones de enfermos en el mundo, cifra superior en 11 millones de casos con respecto a 2017. De ellos el 93% se da en África, un 3,4% de los casos en Asia Sudoriental y la Región del Mediterráneo Oriental con un 2,1%.

Dos países, Argelia y Argentina, han sido declarados libres de malaria por la OMS a la vez que los enfermos aumentan en otras partes del mundo como Venezuela

Mención aparte merece Venezuela, que vive un retroceso terrible y un rebrote de más de un millón de personas por las malas condiciones sanitarias, el desmantelamiento del sistema de salud y el abandono del programa de control de vectores. Recordemos que fue el primer país certificado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) por haber erradicado la malaria en la mayor parte de su territorio. Ahora mismo representa una amenaza para el resto de la región sudamericana, cuyas políticas sanitarias están avanzando en su lucha contra el paludismo.

Si Venezuela es la cruz, la cara está mucho más próxima, en un país cuya historia aparece vinculada a la de la propia enfermedad: Argelia. Ha sido declarada por la OMS libre de malaria en 2019. Es el segundo país en esa región de África, después de Mauricio (con la calificación desde 1973) en conseguirlo. Lo de Argelia tiene un valor simbólico porque allí precisamente el doctor Pierre Charles Louis Alphonse Laveran en 1880 descubrió el parásito causante del paludismo. Un siglo y cuatro décadas después la lucha contra los contagios ha dado su mejor fruto. Han sido clave las mejoras en los sistemas de vigilancia, pues hicieron posible identificar y tratar con rapidez los casos que surgían. Y no es casualidad que tanto Argelia como Mauricio ofrecieran una cobertura sanitaria gratuita para la diagnosis y tratamiento, asegurando que nadie quedase atrás.

La amenaza de un repunte

Los objetivos propuestos por la OMS en su “Estrategia técnica global (GTS) contra la malaria 2016-2030” están seriamente amenazados por la falta de inversión y la reducción de fondos por parte de los países para prevenir, tratar y diagnosticar la mortífera enfermedad. Si la estimación para continuar avanzando es de 5.000 millones de dólares, solamente se han invertido 2.800 millones (cifra inferior con respecto a 2017, que fueron 3.200 millones). La cantidad es insuficiente para alcanzar los dos primeros hitos de la GTS para el 2020: una reducción de al menos el 40% en la incidencia de casos y en las tasas de mortalidad a nivel mundial en comparación con los niveles de 2015.

Desde medicusmundi consideramos que si los recursos necesarios no salen de fondos extraordinarios, en poco tiempo tendremos un repunte importante de esta enfermedad, e incrementará el riesgo de que la malaria sea otro problema de salud mundial que afecte a todo el planeta, como lo es el coronavirus ahora.

Si no se adoptan las medidas previstas, que incluyen 5.000 millones de inversión en 2020, la malaria seguirá siendo un problema de salud mundial, incluso pueden revertirse algunos de los éxitos que se han conseguido en los últimos años.

Una de las medidas más eficaces para combatir la malaria, que debe ir paralelo a la inversión en la propia enfermedad, es el fortalecimiento de los sistemas públicos de salud, que ayuden a conseguir una Cobertura sanitaria Universal, con unos recursos sanitarios preparados y suficientes para responder a todas las necesidades; medios materiales para el tratamiento y diagnóstico suficientes; una gestión adecuada de todos estos recursos y un sistema de vigilancia epidemiológica lo suficientemente fuerte para poder tener datos precisos de la evolución de la enfermedad. Hay que pensar que segmentar la salud por enfermedades no da resultado sin un sistema sanitario público fuerte.

Los enfoques de primera línea, como las mosquiteras y la fumigación en interiores -claves para la estrategia-, están «llegando a sus límites» debido a la creciente resistencia de los mosquitos a los insecticidas a base de piretroides, que pierden efectividad. Sólo en áreas con niveles moderados a esa resistencia pueden seguir siendo útiles. En esta línea es importante mencionar la resistencia a los tratamientos antimaláricos. Se debe principalmente a cambios en el genoma del parásito o a cambios en la expresión de genes, éste último muy preocupante porque la aparición de resistencias puede ocurrir rápidamente incluso en el curso de una misma infección, según un nuevo estudio liderado por ISGlobal.

Otro factor fundamental es la importancia de la (mala) intervención del ser humano sobre la naturaleza y su consecuencia: el cambio climático. Estamos empobreciendo, simplificando y destruyendo ecosistemas cuya función es amortiguar el binomio frío/calor y nos protegen de la zoonosis, entre otras funciones. Estamos demonizando animales, como los murciélagos que cumplen un papel regulador en la naturaleza, y que es fundamental en el control de vectores como la malaria. De hecho, se han utilizado en campañas de control biológico de plagas de mosquitos.

Antes de la llegada del COVID-19, con la COP25 todos nuestros esfuerzos estaban dedicados a corregir la intervención humana en la naturaleza y a respetar su función protectora, que frena el avance de enfermedades. Estábamos volcados en reducir la polución, que a nadie se la escapa que funciona como una autopista para virus y patógenos. No podemos olvidar ese punto en el que estábamos y volver a él cuando podamos salir de este confinamiento (que a su vez ha beneficiado a la reducción de contaminación).

Argelia no es el único caso mundial de éxito. La malaria ha vivido un retroceso importante también en América Latina. Un extenso país, Argentina, ha sido reconocida a principios de 2019 oficialmente por la OMS como país libre de malaria (como lo fue en 2018 Paraguay). La certificación se otorga cuando un país demuestra que ha interrumpido la transmisión autóctona de la enfermedad durante un mínimo de 3 años consecutivos y dispone de un sistema nacional de vigilancia capaz de detectar y responder rápidamente a cualquier caso de paludismo, y de un programa eficaz para prevenir el restablecimiento de la enfermedad.

Uno de los hitos clave de la GTS para 2020 es la eliminación de la malaria en al menos 10 países de los que eran endémicos en 2015. Al ritmo actual de progreso, es probable que se alcance. En 2016 la OMS identificó países potencialmente susceptibles de eliminar la malaria para 2020, y está trabajando con ellos con el fin de acelerar su eliminación.

Hoy, en plena pandemia de coronavirus, viendo como la OMS y su personal toman el liderazgo en todos los niveles para dar una respuesta de salud pública mundial, de una manera absolutamente diligente y creíble, nuestro mensaje al resto de la sociedad civil, a la comunidad mundial de salud pública y a todos los líderes políticos es simple: Este es el momento de insistir en que la lucha contra las enfermedades como la malaria no se puede hacer de forma aislada; ni podemos luchar solo contra esa enfermedad sin fortalecer los sistemas públicos ni ningún país puede por sí solo acabar con las amenazas infecciosas que provocan sufrimiento y muerte en todo el mundo. La solución: el multilateralismo, apoyando el rol de instituciones como la OMS, la solidaridad y la formulación de políticas de salud basadas en la evidencia a nivel mundial y nacional.