La pobreza es una de las mayores amenazas tras el COVID19

El miedo no es asintomático, como puede ser el contagio del COVID-19. Si una persona tiene miedo, se ve, se siente, se plasma en sus actos. La espiral de información en la que nos hayamos inmersos genera una situación de pánico existencial de la que es difícil salir, y que en muchos casos saca lo peor de cada ser humano. El miedo a contagiarse en “tiempos de reclusión” promueve conductas extremistas como las de “los policías de balcón”, personas con nula capacidad empática.

Pero el miedo a ser contagiado por coronavirus no es, ni mucho menos, la peor de las pesadillas que desvela los sueños de la mayoría de los habitantes de nuestro planeta. El mayor de los miedos es el de caer en la pobreza, el no poder cubrir mañana nuestras necesidades básicas, y se agudiza pensando en aquellos dependientes de nosotros. Naciones Unidas estimaba en 780 millones las personas en el mundo que vivían, antes de esta crisis, bajo el umbral de la pobreza, la mayoría en países en vías de desarrollo, aquellos donde destinamos nuestra cooperación internacional.

El mayor de los miedos es el de caer en la pobreza, el no poder cubrir mañana nuestras necesidades básicas

Para contener esta pandemia, imprevista e improvisada, los gobiernos de casi todo el planeta, una vez desbordado el control epidemiológico y la contención comunitaria, se han visto abocados a tomar medidas constitucionales sin precedentes: el confinamiento o aislamiento social de la población. Esta medida, eficaz y eficiente en el corto-medio plazo (para el largo, lo queramos o no, requerimos para lograr la inmunidad del “contagio controlado” o de una vacuna), es una potencial bomba de relojería para los miedos ligados a la pobreza, por no entrar en la violencia doméstica, la estabilidad emocional o el desarrollo psicomotriz.

El miedo a la pobreza puede superar al de contagio: la obligación moral de reclusión social no se impone por igual cuando el punto de partida es una inequidad estructural en la que no todas las personas están en igualdad de condiciones para hacerlo. Son las medidas drásticas de concepción burguesa, como las define Juan Gérvas: si se tiene vivienda digna, estabilidad e ingresos asegurados, un confinamiento largo puede ser difícil pero llevadero. Si se vive en condiciones de hacinamiento, violencia, descapitalización o simplemente no se tienen rentas por trabajo o empleo, confinarse puede implicar exponerse, a sí mismo y al conjunto del hogar, a otras vulnerabilidades: no poder pagar un alquiler, no poder alimentarse o sencillamente no poder acceder a los servicios de salud si se contagia de esta u otras enfermedades al no contar con la universalización gratuita.

Sólo en América Latina, por poner un ejemplo, la Organización Internacional del Trabajo estima en 140 millones las personas que viven de una “economía informal” (70% en Perú, 80% en Guatemala u Honduras, 83% en Bolivia) . La “informalidad” (o la precariedad como la asemejaríamos en Europa) no significa ser pobre, la población económica activa informal no vive en la pobreza sino en el riesgo de caer en la misma, pues siguen la máxima de “si no se trabaja hoy, no se come mañana”. Por ello las medidas de confinamiento ponen en riesgo no sólo a esa población que vive bajo el umbral de la pobreza, sino a aquella que dentro de nuestro sistema económico vive al margen, trabajando en el sector “formal precarizado” o en la informalidad.

Las medidas tomadas para contener esta pandemia anuncian tiempos difíciles para la economía y la sociedad. Afortunadamente los países más desarrollados cuentan con sistemas de protección social que garantizan unos mínimos de cobertura de las necesidades básicas al conjunto de sus ciudadanos (aunque con el siempre contradictorio significado de la palabra, que excluye a inmigrantes “ilegales”). Esto no evita el riesgo de exclusión y pobreza, que en España “inquieta” el sueño de una de cada cuatro familias .

Estas mismas medidas de confinamiento social tomadas ya en países en vías de desarrollo, donde la cobertura social no es tan amplia y la necesidad de endeudamiento público no encontrará quién les preste sin usura, pueden generar un shock económico y social sin precedentes. Como nos recordaba el director del PNUD, esta pandemia puede hacer retroceder una o dos décadas los logros alcanzados en el desarrollo del planeta, entre ellos los conseguidos con los Objetivos de Desarrollo del Milenio en materia de salud que han evitado muchas muertes en los últimos 20 años.

Esta pandemia puede hacer retroceder una o dos décadas los logros alcanzados en el desarrollo del planeta

Si bien el día a día de nuestro confinamiento nos hace centrarnos en los efectos sanitarios y económicos regresivos que genera la pandemia, no debemos olvidar que a estos se suman los déficits estructurales que aún no habíamos superado tras una década caracterizada por incrementos significativos de la desigualdad en el planeta. En el mundo en desarrollo, aún antes de la pandemia, persistían graves problemas de hacinamiento, degradación urbana, falta de servicios públicos (agua, saneamiento), desnutrición crónica, insuficiencia de acceso a la educación y la salud, ausencia de información veraz, ansiedad, estrés, y violencia social y de género.

Tenemos que tener claro que no sólo estamos ante una pandemia sanitaria, de la que saldremos más o menos indemnes muchos y muchas de nosotras (aunque el contador diario de muertes genere miedo), sino que también estamos en el inicio de una nueva ola de pobreza estructural que golpea y lo hará con más fuerza la vida cotidiana, causando enfermedad y muerte, especialmente en los y las más vulnerables.

Parafraseando a Naomi Klein, “el coronavirus es el perfecto desastre para el capitalismo del desastre”, por ello debemos aprovechar esta inédita situación de vulnerabilidad compartida para construir colectivamente una economía y una sociedad que cuide, que proteja y que salve la vida de todas las personas del planeta, empezando por garantizar como un bien público inalienable el derecho a la salud de todas las personas, las golpeadas por el coronavirus pero también y sobre todo, las sumidas en el miedo a la pobreza.

Ignacio Sánchez Monroy. medicusmundi