Hace pocos días que volví de un viaje ¡inolvidable! por Ruanda, organizado por medicusmundi.
Antes de ir asociaba Ruanda a duras imágenes vistas en TV sobre el genocidio, recordado recientemente por su 25 aniversario. Sin embargo, tras mi regreso, Ruanda evoca en mí bellos paisajes, colorido, especialmente en sus telas, canciones, risas, bicicletas y, sobre todo, sus gentes: gente caminando por sus colinas, trabajando de forma rudimentaria sus campos, mujeres con sus criaturas a la espalda, niños y niñas corriendo para saludarte y estrechar tu mano, gente sin prisa que se para para saludar a unos despistados «mzungus» que aparecen en sus colinas. ¡Muraho! (hola) lo hemos oído y expresado repetidamente.

País de contrastes. Puedes ver pobreza extrema y riqueza casi juntas, tecnología avanzada y casas sin luz ni agua corriente, iglesias llenas de gente que te hace preguntarte ¿cómo es posible que en estas tierras se hayan cometido semejantes atrocidades?

Aunque no por nueva, la pobreza es una de las cosas que más me ha impactado. Varias veces visitando países de los llamados «tercer mundo» me he sentido «un dólar con patas» y este viaje me ha permitido constatar por qué para ellos somos ricos y, es que por ser algo tan elemental, no valoras lo suficiente el tener cubiertas las necesidades que consideramos básicas. Se está trabajando duro para mejorar esta situación y los problemas derivados de la pobreza.

El viajar con medicusmundi te permite una toma de contacto directa que de otra forma sería difícil. He podido constatar el gran trabajo que va realizando esta asociación a lo largo de más 40 años. Pierre como coordinador del proyecto, y el personal que trabaja en los centros sanitarios, puestos de salud y casas de salud comunitarias son para mis unos héroes, pues con pocos medios realizan una gran labor, que será más visible en unos años.

Siento que es un viaje que no acaba al coger el avión de vuelta ya que a tu regreso te sigues cuestionando cosas porque el impacto es fuerte.

Se me quedó grabada una frase que dijo una compañera del grupo cuando al salir de la visita al memorial del genocidio, comentó que había abrazado a una jovencita ruandesa que lloraba ante las imágenes que estaba viendo: «sus lágrimas rozaron mi mejilla y aquí y allí las lágrimas son iguales, son saladas». Tan distintos (negro-blanco) pero tan iguales, mismos sentimientos, emociones y anhelos.

Cuando me preguntan ¿qué tal por Ruanda? Respondo bien, muy bien y siento que mi corazón sonríe, siento gratitud, gratitud a la vida, gratitud a medicusmundi por esta oportunidad, gratitud a todo el grupo, incluido el cocinero, y no se bien cómo, pero quiero seguir en contacto y colaborar de alguna forma con Ruanda.

¡Murakoze cyane! ¡Muchas gracias!

Agueda Cía Elcano


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