No pude evitar sonreír interiormente al escuchar a compañeros de otros años calificar el viaje a Ruanda con medicusmundi como “transformador”. Es una palabra muy rotunda, demasiado para mí que no soy una persona fácilmente influenciable. Estaba segura de que a mí no me iba a “transformar“. Sin embargo, ahora que se cumple una semana de nuestro regreso, me reconozco conmovida, a veces asombrada, y otras sobrecogida.

Lo primero que te llama la atención en Ruanda son sus contrastes.

El contraste de su tierra roja que todo lo cubre de polvo con el esplendoroso verdor de sus paisajes.

El contraste entre un país que te recibe moderno en su aeropuerto internacional, mejor que muchos que conozco, pero que te transporta a la edad media en pocos kilómetros de distancia.

El contraste entre un Sistema Público de Salud con una planificación sanitaria impecable, y la escasa accesibilidad al mismo por falta de recursos económicos de la mayoría de la población. O por déficit de profesionales, sobre todo de médicos. O por déficits formativos de estos profesionales.

El contraste entre un Sistema Publico Educativo, nuevamente perfectamente planificado, que garantiza la educación primaria obligatoria, y la falta de recursos humanos o la escasez del material necesario. Vistamos un colegio en el que en aulas de cincuenta estudiantes no tenían más de ocho libros de texto por aula. Difícil tarea la de esos docentes.

También contrasta la ostentación de la riqueza de muchos habitantes de la capital con sus cochazos todoterreno y la pobreza de las zonas rurales. La clase media ni está ni se la espera.

En un país donde la mayoría de la población no tiene acceso a una fuente fiable de agua a menos de 10 minutos caminando, y casi nadie, sobre todo en zona rural, tiene acceso al agua potable en su domicilio, el Hospital de Distrito puede pedir una bolsa de sangre por SMS y recibirla mediante un dron. También los Agentes de Salud informan por SMS de los embarazos.

Algunas veces los contrastes te dejan impresionada. Pero si me preguntas que es lo que más me impresionó a mí, te diré que la miseria. Una miseria absoluta que se desconoce a sí misma y que hasta ahora era desconocida también para mí. Una tasa reconocida de malnutrición crónica del 46 % en menores de 5 años. Una tasa de desnutrición aguda severa que nadie nos supo informar y una esperanza de vida quince años inferior a la nuestra. Y sin embargo, Ruanda es una de las cinco economías africanas entre las seis que más crecen en el mundo según el Fondo Monetario Internacional.

Después vienen las enseñanzas. Aprendes que se puede vivir con muy poco, con menos, incluso, de lo estrictamente necesario. Y ves que esas personas a las que les faltan alimentos, agua y todo lo que se considera imprescindible, aparentan ser más felices que nosotros, los ricos. Impresionan su alegría y su dignidad, y esa confianza a prueba de realidad con la que te miran.

Y por fin aprendes que tampoco tú necesitas tanto como creías para vivir. Y que no te pasa nada por no poder beber agua en el momento exacto en el que tienes sed ni si no se puede comer en el momento exacto en que notas hambre. Descubres que a pesar de las incomodidades y otras pequeñas molestias no te sientes más infeliz sino todo lo contrario. Y comienzas a confiar. O mejor dicho, dejas de desconfiar de todo y de todos y de esperar siempre que ocurra la peor de las opciones. Y un buen día te das cuenta de que ha desaparecido ese estrés que te acompañaba desde ¿siempre?. Entonces comprendes que ya estás preparada para volver.

Volver a Ruanda, el país de las mil colinas y los mil contrastes.

Ana San Martín Luis


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