Hay viajes culturales. De aventura. Deportivos. Románticos. De relax… Y también hay viajes transformadores. Hoy vamos a hablaros de uno de esos viajes que hacen que cuando vuelves a tu casa, algo te ha cambiado por dentro.

El 15 de junio volaron a Ruanda 12 personas, 9 mujeres y 3 hombres, 8 de Navarra, 1 de Aragón y 3 de Madrid, acompañadas por mí, en el que ya es mi cuarto viaje de este tipo. Hasta el 27 de junio permaneceremos en este pequeño país situado en la zona de los Grandes Lagos africanos, para conocer de primera mano su pasado y su presente, 25 años después del último de los genocidios mundiales, que tuvo lugar en Ruanda entre el 7 de abril y el 4 de julio de 1994.

Antes que ellas, en torno a 40 personas han disfrutado ya de esta experiencia, y una de ellas, a su vuelta, lo resumió como “un viaje balsámico y transformador”. Y es que Ruanda no deja indiferente a nadie.

Me encanta descubrir en cada viaje qué cosas van llamando la atención a cada persona. Un niño con un precioso y elegante traje de coloridas telas que te mira con sus grandes ojos negros y te lanza una sonrisa solo por verte. Una niña de 3-4 años con un vestido rosa “de princesa” que tras mirarte con cara seria y enfadada durante un par de minutos, acaba siendo tu peluquera particular mientras alucina con tu pelo, tan diferente al suyo. Una anciana desconocida que abre sus brazos para darte uno de los abrazos más amorosos y entregados que hayas recibido nunca… Y así un suma y sigue de ir conociendo pequeños retazos de unas vidas tan diferentes a las nuestras en muchas cosas pero tan parecidas en muchas otras.

Y es que, en este verde país de contrastes sociales y geográficos, de colinas empinadas llenas de eucaliptus, plataneros, alubias, patatas, boniatos, piñas y aguacates, con miles de casas diseminadas por las colinas, con caminos de tierra rojiza transitados permanentemente por bicis y pies, la vida intenta abrirse camino 25 años después del horror que de una manera u otra afectó a toda la población de este país densamente poblado.

Ruanda ha cambiado mucho en 25 años. Tanto que su capital, Kigali, es irreconocible para quienes la conocimos tras el genocidio y se ha convertido en un ejemplo de desarrollo económico. Pero en la zona rural, donde vamos a pasar casi dos semanas, queda mucho por desarrollar. Y sobre todo queda mucho camino por recorrer para que la reconciliación sea una realidad.

Las 12 personas que me acompañan volverán a sus casas habiendo vivido una de las experiencias más especiales de sus vidas. Una transformación vital que esperamos sirva para ayudarnos a seguir explicando en nuestro entorno que en Ruanda hay millones de personas con gran capacidad de construir un país en el que poder vivir dignamente y en paz, pero que hoy por hoy siguen necesitando nuestro apoyo.

Y por eso, 47 años después de que comenzará nuestra andadura en este país,  tenemos nuevos retos y nuevas ilusiones para seguir avanzando . ¿Nos ayudas a conseguirlo? ¡Murakoze cyane!

Natalia Herce

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