Recuerdo que era muy pequeño la primera vez que escuché hablar del SIDA. Tenía 8 años y en la tele estaban poniendo un reportaje de Informe Semanal, donde hablaban de ese virus que había matado hacía muy poco al actor estadounidense Rock Hudson. Qué le vamos hacer, uno tiene una edad 😉

Poco después llegaron los casos de Freddie Mercury y de Magic Johnson, que dieron la vuelta al mundo. Llamaba a nuestras puertas una pandemia que, a diferencia de otras, no se quedaba en las zonas más deprimidas del mundo.

Nunca se me olvidará la inmensa tristeza que sentí cuando conocí el caso de Magic Johnson. ¡El VIH me privaba de mi jugador de baloncesto favorito! Pero más allá de eso, el caso de Magic Johnson sirvió para poner de relieve el estigma que rodeaba a esta enfermedad. Y también las desigualdades en el acceso a la salud dependiendo de tu nivel económico. El exjugador de la NBA recordaba en 2006 lo siguiente: “Las únicas cosas que han salvado mi vida han sido la detección precoz y los antirretrovirales”. Dos cuestiones clave a las que millones de personas en el mundo no tenían acceso en aquel momento. Ni lo siguen teniendo.

En nuestro entorno, decir SIDA ya no equivale a sentencia de muerte casi segura. Gracias al acceso al tratamiento, se ha convertido en una enfermedad crónica. Pero si ampliamos nuestra mirada, las cifras siguen siendo escalofriantes: 37 millones de personas viven con el virus. La mitad de ellas, no tiene acceso al tratamiento. Cada año se infectan 1,8 millones de personas (3 veces la población de Navarra).

Foto: ONUSIDA.

La tristeza de aquel niño no tardó en convertirse en indignación cuando empecé a comprobar que el virus cabalga a lomos de la desigualdad. No solo entre unas partes del mundo y otras, sino también por grupos de población. Y si no se lo creen, miren estas cifras de ONUSIDA:

  • En África Subsahariana, tres de cada cuatro infecciones nuevas afectan a las adolescentes de entre 15 y 19 años.
  • 27 veces mayor entre los hombres que tienen relaciones sexuales con hombres.
  • 23 veces mayor entre las personas que se inyectan drogas.
  • 13 veces mayor para las trabajadoras sexuales.
  • 13 veces mayor para las mujeres transgénero.

Carlos Mediano, presidente de medicusmundi Internacional, me comentaba lo siguiente cuando estábamos preparando este artículo:

Tenemos que recordar que el acceso a la salud no es acercar las soluciones a la población, sino que ésta las use. Que el 25% de las personas seropositivas no conozcan su estado, una de cada 4, me lleva a pensar que para nada tenemos contralada la pandemia del SIDA. Y quienes más la sufren son las personas más vulnerables, aquellas que no pueden tomar decisiones para su salud por falta de acceso económico, socio cultural (incluyendo mujeres) o geográfico. Y hemos de recordar que ya hay resistencias a algunos de los tratamientos antirretrovirales más usados.

En nuestro país se diagnostican cada día 10 nuevos casos de personas con VIH, aunque hay muchas personas que están infectadas sin saberlo, lo que no ayuda precisamente a detener la propagación del virus. Al contrario, las entidades que trabajan en torno al VIH/SIDA alertan de que las cifras están sufriendo un repunte, junto con las de otras Infecciones de Transmisión Sexual.

Y es que hay cifras para la esperanza: En 2017 murieron 940.000 personas por los 1,9 millones de 2004. Y las nuevas infecciones se han reducido a la mitad desde 1996. Pero si queremos de verdad conseguir terminar con esta pandemia para el año 2030 como parte de los Objetivos de Desarrollo Sostenible hará falta atacarla desde varios frentes, en una estrategia que vaya desde la prevención a la lucha contra el estigma, pasando por terminar con las desigualdades que afectan a la salud y, por supuesto, hacer más fuertes a los sistemas sanitarios públicos, que son los únicos que pueden garantizar el acceso universal a la salud.


Cada 1 de diciembre se celebra el Día Mundial de lucha contra el SIDA.

Fran Vega
medicusmundi NAM