En Ruanda, como en muchos países del mundo, es fácil que un europeo caiga en la trampa de sentirse un superhéroe salvador. Algunas organizaciones incluso han explotado este sentimiento para conseguir fondos, organizando viajes de “volunturismo” con poca profundidad y mucha foto.

Sin embargo, también existen otras, con las que sintonizo, que alertan contra esta forma de acercarse a la cooperación que resulta no sólo superficial, sino que además contribuyen a perpetuar estereotipos y estigmas que dañan a los más vulnerables.

Yo imagino que este complejo de “salvador blanco” nace de centrarse en la diferencia. Es fácil sentirse superior cuando tu país dedica 1.672 USD por habitante y año a sanidad mientras que Ruanda solamente puede invertir 12. De repente, con un esfuerzo de 1.000 €, puedes pagar la reparación para un equipo de radiografías que ha estado estropeado dos años por falta de fondos y da servicio a una población como Pamplona. Eres muy poderoso.

Resulta sencillo juzgar la situación desde arriba – “el problema es la corrupción”, “deberían tener menos hijos”, “hay que dar una caña y no un pez”, etc. – cuando tu economía permite que haya diferentes formas de ganarse la vida (con sus dificultades) y se considera “pobre” a una persona con ingresos inferiores a 8.522 € al año (710 €/mes). En Ruanda una familia “de clase media” no tiene muchas alternativas y consigue reunir entre 50 y 300 € al año (25 €/mes) trabajando en el campo y vendiendo lo que puede en el mercado local. Tampoco el precio de las cosas es tan distinto: la amoxicilina cuesta algo más barata… ¡no 14 veces menos!

Sin la capa de superhéroe volador y mirando más de cerca, las consecuencias de esta pobreza abruman. Si la población no tiene ingresos tampoco puede pagarse la atención sanitaria (que además es insuficiente en infraestructuras y personal), ni invertir en infraestructuras de agua potable de manera masiva (las fuentes -y grifos en los pocos sitios lujosos donde hay- vierten agua de manantial, canalizada sin potabilizar), lavarse las manos supone un esfuerzo grande (no resulta fácil acarrear un bidón de 20 kg durante 1 km), la dificultad de mantener una higiene adecuada favorece las enfermedades y, lo mismo ocurre con el profesorado, las escuelas, los hospitales, con la comida y un largo etcétera.

El problema es tan grande que dan ganas de aceptar gustoso el papel de superhéroe, señalar villanos fáciles y grandes, sobrevolar y limitarse a disfrutar de momentos emotivos que nos ocurren con frecuencia a los europeos con “toques altruistas” que aparecemos por aquí.

Uno de estos ejemplos me ocurrió ayer. Una niña de 5 años con dos ojos grandes y preciosos como azabaches estaba esperando en el hospital con su familia, mientras Pierre (el coordinador ruandés de medicusmundi NAM) y yo revisábamos las actuaciones que se han ejecutado en 2018. Al vernos salir de una consulta miró a sus padres, en parte con miedo, en parte preguntándoles… “¿muzungu?” (así nos llaman). Algunas veces lo siguiente es echarse a llorar, pero en esta ocasión corrió pizpireta con confianza a vernos más de cerca y saludar: “¡mirue!”.

 

Casas de salud comunitaria en Ruanda, también llamadas Ihuriro, que significa lugar de encuentro.

 

El heroísmo de verdad está en otro lugar: ser capaces de abrazar el mundo como es y atreverse a mirarnos desde la similitud, en lugar de la diferencia. El contexto, el idioma, el color de la piel, la cultura… pueden resultar distintos. Pero, aquí y allí, los niños y niñas juegan del mismo modo al fútbol mientras ambicionan ser Messi; la directora financiera del hospital se ocupa de cuadrar las cuentas y garantizar que el mes que viene el personal de salud querrá seguir trabajando; las personas encargadas de los centros de salud los cuidan, mejoran y evolucionan sus prestaciones; las responsables de la gestión denuncian a quienes utilizan su posición de poder para robar de forma que acaben en la cárcel; las madres se preocupan por que su familia salga adelante; las y los trabajadores por cobrar su sueldo y poder ganárselo; hay gente con ganas de ayudar, de participar en lograr que su comunidad avance y rutinas que mantienen el país en marcha.

 

Ruanda y España, como el resto de países, están llenas de similitudes humanas y cotidianas donde se esconden cantidades de superhéroes de verdad, anónimos, que nos pasan desapercibidos y cuya misión es hacer las cosas bien: mejorar el mundo.

 

 

Cerca de esta realidad, en lugar de sobrevolar es imposible no sentirse llamado a remangarse, aportar y ayudar a que las cosas sigan creciendo. Ruanda te enseña su progreso año a año y medicusmundi es una compañera de confianza en este viaje. Un ejemplo es este viaje para evaluar el proyecto de “Apoyo al Distrito de Gakenke”, enmarcado dentro de una lógica de intervención a largo plazo que ha sido pensada por mucha gente con corazón de héroe.

Otro es el plan espectacular para los próximos cuatro años. Pegado a terreno, con la ambición que permite el tamaño de nuestras donaciones y aprovechando cada euro para maximizar el impacto en la población local. No acabará con la pobreza o la malnutrición; pero mejorará la formación y capacidades del personal sanitario en primera línea, la educación de la población en la forma de alimentarse o incluso facilitará el acceso a microcréditos.

Todo ocurrirá gracias a superhéroes y superheroínas de verdad, como muchas personas de las que seguís leyendo este blog y manteniendo vuestro apoyo de mil formas diferentes.

¡Gracias por ello! ¡Murakoze cyane!

 


Javier Ruiz Guillén
Voluntario proyecto Ruanda de medicusmundi