Sabemos que el tiempo es relativo. Pero viajar a Rwanda sirve, entre otras muchas cosas, para comprobarlo. Se acaba ya nuestra estancia de 12 días en este precioso país de contrastes, y a ratos nos parece que llevamos toda una vida con plataneras a nuestro alrededor, pero en otras ocasiones nos cuesta darnos cuenta de que estamos aquí, de que se ha hecho realidad la ilusión de viajar al país de los gorilas en la niebla.


Hemos venido 13 personas, cada una con motivaciones diferentes, pero todas con los sentidos muy alerta para poder empaparnos de todas las vivencias y emociones que este país nos está ofreciendo cada día.

Falta poco ya para volver a nuestras rutinas, a nuestras vidas más o menos cómodas. Pero antes de irnos, varias personas han querido dejar testimonio de lo que en este viaje les ha impactado.

Las mujeres


Poderosas, acogedoras, enérgicas, efusivas, matriarcas, como las venus.

Delgadas, fibrosas, menudas, trabajando en los campos cargando sus bebés a la espalda y los fardos en las cabezas.

Solidarias, comprometidas con la comunidad. Respondiendo a los proyectos.

Queriendo mejorar su futuro y el de sus hijas e hijos. Empezando por lo más elemental, la nutrición de su familia.

Mujeres que abrazan, mujeres que besan, mujeres que luchan, mujeres que sonríen, mujeres que sufren, mujeres que cantan y bailan.

Mujeres presentes, al frente de los centros de salud, de los puestos de salud, como agentes de salud, como gestoras de hospitales. Presentes también en las escuelas como maestras, cOmo directoras. Que se asocian para formar cooperativas.

Mujeres que confían y en las que se confía para levantar este precioso país que es Rwanda.

En definitiva, mujeres que se hacen cargo… de la VIDA.

Maite Barriendo

Las miradas

¿Sabes? Después de tantos datos, hay algo que cuando andamos por los caminos, estamos en los centros sanitarios, visitamos una escuela o guardería, o nos sentamos a tomar una cerveza, algo, te digo, que me impresiona. Son los ojos y sus miradas.

Esos ojos de mirada curiosa. Ojos inquisitivos. Ojos amables. Ojos vergonzosos. Ojos risueños. Ojos enamorados. Ojos que miran o intentan mirar con disimulo, pero que realmente no lo consiguen. Ojos recelosos. Ojos que te valoran, tu ropa tu pelo, el color de tu piel, los objetos que llevas. Ojos astutos, atentos al regateo. Ojos tristes, de mirada desencantada. Ojos implorantes pero apagados por vidas duras.

Ojos con sonrisas amplias, con seriedad, con confusión, con sorpresa, con aparente indiferencia. Ojos de niños y niñas inocentes, divertidos, ansiosos por conocer. Ojos de los habitantes de las colinas, amables, siempre curiosos y ansiosos de novedad. Ojos severos de policías y soldados de gesto adusto. Ojos que no ven, y que ya no pueden expresar.

Ojos de las gentes de la ciudad, indiferentes, a lo suyo. Ojos de jóvenes llenos de esperanzas con la vida por delante, que contrastan con los ojos de mujeres bajo el peso de la carga de la familia, con el crío en la espalda y cualquier objeto de peso en la cabeza caminando por las pistas o carreteras, o cavando la tierra, o sembrando, o recolectando, o vendiendo los productos.

Ojos de hombres buscándose la vida día a día para mantener la familia, o simplemente haraganeando con los amigos en un porche. O ancianos cuyos ojos han visto, sufrido o incluso participado del horror, que ven como su mundo cambia a velocidad vertiginosa, quizá sin poder llegar a comprender lo que pasa.

Pero ¿sabes? todos con una tremenda dignidad.

Javier Diez

What’s your name? (¿Como te llamas?)

Con esta frase y con gran timidez, las niñas de esta zona se acercan a nuestro grupo de forma espontánea con ganas de saber algo más de quienes somos. Nos miran, nos observan con detalle, nos siguen… y finalmente se atreven a preguntar con mucha suavidad.

Me ha sorprendido esa mezcla de inocencia, sorpresa, y energía escondida, que aflora cuando respondemos a su gran curiosidad por lo nuevo de su entorno, que en este caso somos nosotros.

También he podido observar que son niñas alegres que destacan por sí mismas por sus voces en los cánticos de la iglesia, así como por sus vistosos y coloridos vestidos que resaltan su belleza innata, natural y muy integrada en este entorno.

Ojalá que en un futuro puedan desarrollar su potencial y talento en la vida de forma digna y reconocida.

Carmen Revilla

Las emociones

Desde la llegada a Rwanda tengo la sensación de estar en una montaña rusa de emociones.

Primero esperanza, al ver un sistema sanitario tan organizado, unos campos de cultivo tan extensos… pero se siguió de preocupación, al ver el problema de desnutrición y pensar ¿cómo puede ser que este pequeño país superpoblado alimente a tanta población?

Luego sentía la alegría que transmitían las mujeres con sus cantos cuando nos recibían, que incluso nos animaban a cantar y bailar con ellas, pero con impotencia recibíamos sus solicitudes que sabíamos no podíamos satisfacer.

La ilusión al ver que intentaban algo tan importante como conseguir una educación primaria universal, y luego congoja al recordar su historia y que esta pudiera llegar a repetirse.

Me llenaba una sensación de plenitud cuando observaba el fantástico paisaje o los cantos que oíamos en la iglesia al lado de nuestro alojamiento, pero vergüenza al pensar que los países “desarrollados” nos creamos cada vez más necesidades y no intentamos de verdad que las inequidades disminuyan.

Y podríamos continuar… Pero por suerte llegamos al final de la montaña y nos encontramos de nuevo con la esperanza, esperanza de que este país consiga salir adelante y llegue a ser autosuficiente.

Pilar Buil