30 de enero. Los coles se visten de blanco por el Día de la No Violencia. Empiezo a buscar información para este artículo y una de las primeras noticias que encuentro es la historia de Rufina y Beatriz, dos hermanas de Ciudad Real, fusiladas durante la dictadura por no ceder el turno para coger agua de la fuente “a una señorita”, según reza el titular.  Recuerdo que vivo en el segundo país del mundo con mayor número de personas víctimas de desapariciones forzadas, cuyos restos no han sido recuperados ni identificados. Solo nos supera Camboya. Aprender del pasado es básico para intentar evitar los mismos errores en el futuro.

Hace poco fui a ver “Los últimos Jedi” y lo que menos me esperaba era que iba a salir pensando en RD Congo. La razón, la visita de dos de los protagonistas a Canto Bight, una opulosa ciudad casino donde se pavonean los más ricos de la galaxia, muchos de ellos señores de la guerra que han cimentando su fortuna explotando a las personas y los recursos naturales de planetas pobres. ¿Les suena? No es que sea de los que creen que detrás de estas pelis hay una filosofía trascendental y menos viniendo de donde vienen, de Disney, una de las principales multinacionales del mundo, pero esta escena me pareció un reflejo acertado de lo que está pasando en nuestro planeta, donde una élite se enriquece cada vez más a expensas de la pobreza de otras personas.

¿Saben cómo se llama y cuánto ingresa cada año el mayor fabricante mundial de armamento? Se llama Lockheed Martin e ingresa 34.000 millones de euros. 5 veces más de lo que tiene Naciones Unidas para misiones de paz.

Digamos que la escena de Canto Bight me llevó a RD Congo por deformación profesional y que cada cual hará su lectura con lo que lleve en la mochila, pero para mí fue inevitable acordarme de este país en el que trabaja medicusmundi y que vive en un conflicto permanente azuzado por la codicia de los países ricos. 5 millones de muertes son el resultado. Y una inestabilidad permanente que ahora vive un nuevo episodio con la negativa del presidente Joseph Kabila a dejar el poder tras 17 años en el mismo y muy pocos resultados en la mejora de las condiciones de vida de sus compatriotas.

El 21 de enero hubo una nueva marcha en Kinshasa para pedir su salida que se saldó con 5 muertos, en una espiral de violencia que no sabemos donde tendrá su fin.

Nuestra gente allí, mientras tanto, intenta seguir haciendo frente a esta inestabilidad, a veces sin poder salir de casa por las explosiones de violencia en las calles, la mayoría con dificultades para poder conectarse a internet o llamar por teléfono, afrontando dificultosos viajes para poder dar seguimiento a las actividades de los proyectos… y, sobre todo, sintiendo mucha impotencia al ver todas las cosas tan básicas que todavía quedan por hacer: a finales del año pasado el país vivió una de las mayores epidemias de cólera de su historia, con 38.000 personas afectadas y más de 700 muertos, una enfermedad contra la que se podría luchar empezando por algo tan básico como la gente pueda tener acceso a agua potable.

Al grito de “Harambee!” (¡todos a una!) comenzó el movimiento de Wangari Maathai, la primera africana en ganar el Nobel de la Paz, que conjuga la acción local con visión global para luchar contra la pobreza, por el cuidado del medio ambiente, por los derechos de las mujeres y por la paz. Lo que enlaza con el pensamiento de María Montessori, que afirmaba que “todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz. La gente educa para la competencia, y la competencia es el principio de cualquier guerra.”

En fin, que, volviendo al principio y a aquello de aprender del pasado, pienso que para construir la paz tenemos en nuestro poder un arma más poderosa que los tanques, las bombas y los fusiles y se llama educación. En nuestras manos está utilizarla para transformar el mundo y acabar con tanta injusticia.


La foto que ilustra esta entrada es de Michelle Brunner en Flickr. La puedes ver aquí.