Mariano Pérez-Arroyo es un médico español que trabaja hace años en el Hospital de Nemba (Rwanda). Estas navidades ha querido compartir una emocionante historia que vivió en Nemba en 1997 junto a Miguel Ángel Argal. ¡Disfrútala!

Hoy es Navidad y bajo un cielo intensamente estrellado, los tambores de la parroquia rompieron el silencio de la noche anunciando la buena nueva a las gentes de las colinas.

Muy temprano he subido a la parroquia cuando los caminos ya estaban llenos de cristianos que acudían a la primera misa del día. Las mujeres ataviadas con sus telas de vivos colores caminaban lentamente hacia la iglesia, con ese andar sabio de quien conoce la naturaleza y las distancias. Me saludaban al pasar, reconociendo al médico blanco de Nemba.

¡Otra navidad en África! Una vez más la vida me ha regalado la ocasión de poder caminar en la soledad de la noche africana cargado con mis recuerdos, día a día más ricos y más llenos de afectos. En un cielo intensamente transparente, la constelación de Orión y Sirio me hacían señales de complicidad. Los recuerdos me invadían. Las navidades de la infancia. Imágenes de mi vida anterior, en aquel mundo al que fui asignado por nacimiento. Los recuerdos de mis hijas, imbuidas de la filosofía de la diáspora y perdidas a igual que yo por el mundo. Los recuerdos de mis amigos, siempre presentes y los recuerdos de mis otras navidades en Nemba.  

De una de estas navidades quiero hoy hablaros.

Era el año 1997, la guerra del Kivu había estallado con fuerza y varios campos de refugiados con cientos de miles de personas se extendían a lo largo de la frontera entre Rwanda y RD Congo (entonces Zaire).

Desde estos campos, muy cercanos a la frontera, grupos de antiguos combatientes, hacían incursiones en territorio ruandés provocando matanzas indiscriminadas entre la población, para volver de nuevo a los campos y mezclarse con ciudadanos ajenos a todas estas acciones.

El gobierno ruandés, tras solicitar repetidamente a la ONU el traslado de estos asentamientos y sin obtener repuesta, decidió buscar una solución, y apostó por la más drástica posible. Atacarlos militarmente.  

Una lluvia de proyectiles comenzó a caer a mediados del mes de diciembre sobre las débiles tiendas de color azul que protegían a miles de familias. Fue el regalo de navidad que recibieron en la navidad del 97, aquellas familias de refugiados que huían de todo sin saber muchas veces el porqué.

Miles y miles de personas presas del terror se pusieron en marcha. Unas trataban de regresar a Rwanda; otras, más temerosas de las represalias, se adentraron en la selva camino de Kisangani. Una gran parte de estas últimas no llegaron nunca a su destino.

Nosotros recibimos la noticia en Nemba ¡Los refugiados entraban y venían hacia nosotros! Eran más de un millón de personas que descalzas habían caminado distancias superiores a los trescientos Kilómetros y llegaban exhaustas, hambrientas y enfermas.

Miguel Ángel Árgal dijo de salir a la carretera en dirección a Congo y ver a que nos enfrentábamos.  Y así lo hicimos. Pero lo que vimos superó nuestra imaginación y nuestras previsiones, causándonos una honda preocupación.

Atender a aquella multitud que caería sobre nosotros sería del todo imposible. Era tal la masa humana que se desplazaba andando por la carreta que en muchas ocasiones no podíamos avanzar con el coche y nos veíamos obligados a detenernos. Hombres, mujeres, niñas y niños, con fardos sobre sus cabezas, caminaban en silencio hacia nosotros buscando sus colinas de origen, sus casas, o lo que quedaba de ellas, con ánimo de recomenzar de nuevo una vida normal.

Cuando al cabo de un día esta multitud alcanzó Nemba, se instalaron por todos los terrenos adyacentes a la parroquia y al hospital. Eran improvisados asentamientos en los que cocinaban los pocos alimentos de los que disponían, tratándose de reponerse y continuar al día siguiente el camino.

No quedó ni un pequeño espacio por ocupar. El Hospital, la parroquia, nuestras casas. Todo era ahora un inmenso campamento de peregrinos que buscaban su sitio en el mundo.

En la parroquia se comenzaron a preparar grandes perolas para dar de comer al máximo posible de personas. Tarea inútil, pero que al menos pudo paliar el sufrimiento de una parte de aquellas familias

Ya entrada la noche, Miguel Ángel Árgal con José Caballol, en aquella época párroco de Nemba, y el que escribe estas líneas, nos dimos una vuelta para tratar de controlar la situación, que a esa hora era ya de calma, dado que la mayor parte de los familias, totalmente agotadas, dormían sobre el suelo en improvisadas camas. Nos desplazamos desde la parroquia al hospital sin encontrar un pequeño espacio que no estuviera ocupado por los cuerpos tendidos y profundamente dormidos de aquellos seres torturados por la guerra.

En el hospital, en un rincón, una joven pareja estaba despierta y activa. Nos acercamos a ellos y vimos que algo bullía entre unas telas y unos trapos hechos girones. Nos acercamos para interesarnos por ellos y entonces nos enseñaron sonrientes un pequeño recién nacido de no más de uno o dos días que se debatía buscando la vida. Había nacido en el camino, después de abandonar Congo, tal vez dos días atrás. No podíamos comprender como aquella madre, primeriza, había podido caminar tantos días antes y después del parto.

Nunca he podido olvidar aquella imagen. La madre sentada en el suelo sostenía el cuerpo desnudo de aquel recién nacido envuelto entre harapos, que había llegado a la vida en las más terribles circunstancias. El padre a su lado miraba con cierto orgullo lo que constituía su familia. Ni él ni ella se mostraban especialmente asustados. Había un pequeño rayo de luz y de felicidad en aquella vida que surgía en medio de la adversidad.

Estuvimos con ellos mucho tiempo hasta muy avanzada la noche, e incluso tuve entre mis brazos a aquel niño que parecía dispuesto a sobrevivir a toda costa. Informadas las monjas que trabajaban en el hospital, trajeron ropas para cubrir aquel cuerpo desnudo que todavía parecía resistirse a abandonar la naturaleza más primigenia. Después la noche nos rindió a todos y nos fuimos a dormir cargados de aquellas fuertes impresiones que invadían nuestros pensamientos y que alteraban nuestro sueño.

Muy de mañana y cuando la luz me despertó, fui lo más rápidamente posible a visitar a la joven familia, pero ya no estaban. Al amanecer habían emprendido la marcha. Siempre sueño con que llegaron a su destino y se reencontraron con sus familiares y su mundo.

Han pasado muchos años de aquello, más de veinte, pero su recuerdo en estas fechas no me abandona. Siempre regresa en Navidad. Pienso en aquel niño, hoy ya un joven de veinte años, que tal vez ignora toda aquella epopeya, solo contada parcialmente por sus padres.

Este ha sido el único “Portal de Belén” que he visto en mi vida pero que nunca he podido olvidar y cuyo recuerdo siempre regresa en estas fechas. 

“Querido niño, hoy como tantas otras veces te digo. No sé nada de ti. Como te fue, cómo te llamas. No sé si estudiaste en alguna escuela que te capacitó para un futuro mejor o si tienes un trabajo digno y estable. Me gusta pensar que la vida te ha tratado bien y que hoy tienes una vida llena de esperanza y lejos de las guerras y de los odios que surgen entre los humanos. Nunca sabrás de nuestra existencia. Nunca sabrás que un día muy especial, el destino dispuso que unas extrañas personas vinieron de lejos para tenerte entre sus brazos y desearte una vida feliz”.

Mariano Pérez Arroyo – Médico en el Hospital de Nemba (Rwanda)