Victoria Laseca, periodista afincada en Madrid con fuertes raíces navarras, nos cuenta desde Rwanda como está viviendo un viaje que califica como balsámico y transformador.

Sabía que sería balsámico.

Sabía que sería transformador.

Pero no sabía cuánto.

Estoy viviendo momentos tan especiales que me resulta difícil elegir. Mi primera gran impresión fue descubrir al Robert Redford de Rwanda, Mariano  Pérez Arroyo, un hombre de porte aristocrático, indumentaria del Doctor Livingstone, supongo  y saber enciclopédico, arrebatador en las distancias cortas. Capaz de ensalzar los documentales de Attemborough, el magisterio del gran Kapuscinski y el mondongo del Congo (Dodó Escolá debió revolverse en su tumba) sin despeinar su cuidada cabellera. Un Leonardo da Vinci con doctorado en Neurología que encontró hace veinte años su “lugar en el mundo”. El es el alma del Hospital de Nemba, donde medicusmundi  lleva años cooperando para poner en práctica su lema: la salud es un derecho.

Entrar en el Hospital de Nemba,  en la Maternidajavierd o en el Centro de Salud y ver cómo las mujeres son atendidas en los partos, los niños malnutridos reciben tratamiento y los enfermos son diagnosticados con tanto cariño te reconcilia con la Humanidad.

La llegada al centro de salud de JANJA -ya lo sé, no lo pronuncio bien, pero con el kinyarwanda sólo me atrevo si es bajito  y se deja- fue un tsunami de realidad, una inmersión sin anestesia en la Rwanda más desfavorecida. Pero hasta a los más olvidados también llega el derecho a la salud que abandera medicusmundi y cientos de familias se benefician de sus proyectos sanitarios.

Y allí, en el camino polvoriento donde los niños emulan a  Ronaldo con balones hechos con telas viejas, surge la magia. Literalmente.  Decenas de niñas y niños con los ojos asombrados se arremolinan para maravillarse con el truco  del pañuelo de nuestro querido Javier. Sus rostros emocionados se quedan en nuestra retina como un regalo inolvidable.

baileOtro día visitamos otro centro de salud apoyado por medicusmundi, el de Rutenderi, y al descender entre frondosos plataneros y pequeñas huertas, aparecen ante nuestros atónitos ojos decenas de mujeres y niños que participaban en una jornada de salud comunitaria para luchar contra la malnutrición, entonando  cánticos de bienvenida. Con sus  coloridos vestidos y sus sofisticados peinados bailan alborozadas para celebrar nuestra llegada. Los ojos se nos empañan, sentimos  la magia del momento, que sabemos, será imborrable. No hablamos  kinyarwuanda pero el lenguaje de los abrazos y los besos es universal.

Mágico es también el encuentro con Carmen Calabuig, alma del centro apoyado por Vita et Pax en el barrio musulmán de Kigali. Su pasión arrolladora, su apuesta por la población más pobre, su carácter combativo y  su radical fe en el ser humano, es el ejemplo de que otro mundo es posible, que la Humanidad puede cambiar de rumbo y que Rwanda se encamina con paso lento pero firme hacia un futuro esperanzador. MURAKARAMA BANYARWANDA, LARGA VIDA A LA POBLACIÓN DE RWANDA.

Victoria Laseca.

mujer leña