Lurdes Pérez y Carlos Mediano están en Senegal evaluando cómo ha ido el proyecto de educación sanitaria que el Colegio de Médicos de Madrid ha financiado en el barrio de Léona/HLM, en la ciudad de Saint-Louis, y recoger ideas para nuevos proyectos. En esta primera nota Carlos nos cuenta las vicisitudes con las que han iniciado el viaje. Pequeños detalles ante los que uno no debe rendirse…

Es curioso pensar como seguimos teniendo dentro de todos nosotros una pequeña reminiscencia de un pasado donde la magia era parte de la vida de nuestros antepasados. A veces pequeños tropezones seguidos, que los podemos llamar una concatenación de circunstancias adversas, la mala suerte o mal fario, la voluntad de los dioses (depende de tus creencias) o de los demonios, o incluso el azar, te llevan a pensar-aunque sea por poco tiempo- que ese día te han echado un pequeño mal de ojo. Yo personalmente no creo en la mala o buena suerte, te toca o porque te lo mereces o porque así son las cosas. Sin más. Aunque hay días…

Cuando vas a hacer un viaje a África por un periodo corto de tiempo siempre los días anteriores suelen ser intensos, controlando que no te dejas nada que sea importante. Porque dejarte, siempre te dejas algo. Billetes, pasaporte, antimaláricos-fiebre amarilla, papeles (siempre llevas papeles), dinero, repelente, lectura…., una lista interminable que siempre hay que finalmente recortar si no quieres parecer a esos exploradores de principios de siglo XX, que llevaban a decenas de porteadores con todos sus enseres.

En el viaje que nos ocupa, dos personas de medicusmundi, mi compañera Lurdes y yo, teníamos que viajar a Senegal para realizar una evaluación de un proyecto que desarrollaba nuestra organización en Saint Louis. Vamos en avión a Dakar, y de allí iremos en coche al día siguiente  a Saint Louis. Lurdes, ya que se pagaba ella su viaje, había utilizado los puntos de una tarjeta para pagar su billete de avión, lo cual le abarataba el viaje más que considerablemente. Salía un día antes que yo, un viernes, porque quería visitar a unos amigos que tenía en Dakar.

Así, el viernes por la tarde me manda un mensaje diciendo que ya está en el aeropuerto de Madrid y que nos veremos el sábado cuando llegue yo. Nos despedimos hasta el sábado por la noche, pero el destino-suerte-azar no quiso dejar de jugar un poco para adelantar ese encuentro. Dos horas después de su mensaje me manda otro: le habían cambiado la hora del vuelo, éste había salido antes, y ella se quedaba en tierra. Al reclamar, la compañía le dice que ellos avisaron a la compañía de la tarjeta, pero a ésta se le “olvidó” llamarla a ella. Es más, las tarjetas tienen un trato diferente cuando compras un billete de avión, y también había perdido el billete de vuelta. Así que tuvo que sacar un billete al día siguiente, en mi vuelo, con el consiguiente trastorno para todos: decir a los que te esperan que no llegas, y decir a los que ya te habían despedido como que aún no te vas. Reclamar el importe y una posible indemnización a la compañía es otro “aliciente” para pensar que ese día tienes una nube sobre tu cabeza. Estas cosas dan mucha rabia, sobre todo cuando te esperan en otro país. Bueno, y si no te esperan, también.

Yo ya estaba advertido, pero los seres humanos nos consideramos inmunes a todo, esas cosas les pasan a los demás, pero a nosotros, no. Por supuesto que no. La mañana del sábado me levanté con mucho tiempo de antelación, unas 4 horas, pensando además que tenía hecho el equipaje. Hice varias cosas, y antes de salir en tren hacia Madrid había quedado con un amigo para que me dejara un móvil liberado. La intención era que Lurdes y yo pudiéramos sacar unas tarjetas baratas locales en Dakar para poder comunicarnos. Mi amigo me dejó un teléfono esa misma mañana, convencido de que iba a funcionar. Y, ¿lo adivináis? No funcionó, no estaba liberado. Probamos 4 más que tenía… y tampoco. Después de todas estas idas y venidas para probar los teléfonos me di cuenta que el tiempo apremiaba. Tenía que mandar un par de emails de trabajo y después tenía el tiempo justo para llegar al tren. ¡A correr! Yo siempre llego a estas cosas, pensaba yo. Y ciertamente algo apurado, pero entré en la estación sobrándome unos 5 minutos. Tengo tiempo, así que voy a sacar los billetes impresos a las máquinas de Renfe. Y ¡maldita sea! Solamente me sale el de vuelta. Otro intento y….lo mismo. Bueno, lo dejo que se me está haciendo tarde. ¡Y tan tarde! La chica del acceso a la vía cierra la entrada y a pesar de mis súplicas me dice que no puede abrir. Me toca cambiar el billete al siguiente viaje, y aunque había sido previsor y tenía tiempo suficiente para llegar a Madrid, tuve que pagar por el cambio.

Me encontré con Lurdes en la puerta de embarque, y comentamos la mala suerte que habíamos tenido para empezar este viaje. Entramos al avión, nos sentamos y consideramos que ya habíamos cubierto el cupo por este viaje. Sí y no. A nosotros no nos pasó nada, pero estas cosas a lo mejor  pueden ser contagiosas  con el entorno. Vamos llegando a Dakar y desde la cabina nos dicen que nos abrochemos los cinturones. Una señora senegalesa de edad media que estaba en el asiento contiguo al mío, me dice que no se encuentra bien, así que le digo que voy a pedir un poco de agua para ella. Cuando toco el botón de llamada, de repente la mujer se queda con la mirada fija y con los músculos contraídos. ¡Una crisis epiléptica! Bueno, no hay mucho que hacer, esperar a que se pase. Pero al llegar los auxiliares de vuelo se asustan bastante al verla. Les digo que soy médico, que no pasa nada, pero uno ha sido más rápido que yo y ya estaba avisando por el micrófono con la típica frase: “…si hay un médico en el avión, por favor contacte con la tripulación de la cabina”. Ahora todo el avión está mirando hacia nosotros, cuando buscaba más tranquilidad. Viene una chica que se presenta como médico, le explico la situación y se vuelve a su asiento. Pero el personal del avión está bastante inquieto. Es normal, no saben si es grave o no. La mujer se recupera y poco a poco vuelve a la normalidad. Pero cuando me preguntan si llaman a los médicos del aeropuerto y si se para el desembarque para que entre el personal médico, me imagino la escena como la de una película, lo que le faltaba para que le diera otra crisis a la señora. Les tranquilizo y hacemos un desembarco normal, aunque acompaño a la mujer hasta la salida, donde le están esperando. Me da las gracias y le digo que se tiene que mirar, porque según ella es la primera vez que le pasa.

Carlos, ya en Senegal con Moustaphá, el coordinador del proyecto.
Carlos, ya en Senegal con Moustaphá, el coordinador del proyecto.

¡Ya en Dakar! Con su calorcito y su bullicio. Ahora solo falta esperar el coche de un amigo de Lurdes que tiene que venir a buscarnos. Bueno, antes Lurdes tiene que ir por sus maletas porque vinieron en el avión que perdió, y las encuentra… aunque le han roto una de las maletas. Otra cosita más que pasa. Su amigo no llega. Lurdes le llama y su amigo le dice que la policía le había confiscado el coche y que hasta el lunes no se lo devuelve. Miro el reloj y veo que ya se está acabando el día. Esto no puede durar mucho más, me digo a mí mismo. Tuvimos que coger un taxi.

No podemos decir que haya sido un comienzo malo, ya que aquí estamos, y sanos. Ya hemos cubierto el cupo de “desgracias leves-toca narices” que te pueden suceder. Como os decía, no creo en la mala suerte, pero en días como éste se me viene a la memoria aquel chiste que dice “gracias a Dios, soy ateo”. Ya toca descansar, y mañana será otro día. Seguro que será maravilloso, como el resto del viaje que nos queda. Me despido de Lurdes que va a dormir a otro sitio, quedamos para la mañana siguiente,…. pero el taxi no arranca, se ha quedado parado. Son las doce hora española, hora de brujas y meigas, y hora de que acabe ya esta situación. Por fin, el taxi arranca y Lurdes se va. Lo dicho, va a ser un viaje maravilloso.

Carlos Mediano

medicusmundi

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